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El gran golpe
Esta es la increíble historia de cómo el Ejército logró engañar a las Farc y liberar a Íngrid y a 14 secuestrados más sin disparar una sola bala. Suplantación de voces y estafetas, desvío de correos, y una actuación perfecta fueron las claves.
l filo de la media noche, el general Mario Montoya abrazó a cada uno de los militares que acampaban junto al helicóptero MI ruso recién pintado de blanco y rojo. Era la víspera del 2 de julio y estaban a unos cuantos kilómetros de San José del Guaviare. Acababan de orar juntos y de terminar una de las ya acostumbradas sesiones de meditación. La suerte estaba echada. Montoya se devolvió hacia la base militar de Villavicencio, donde intentó dormir. A las 7 de la mañana del día D rezó un rosario para que todo saliera bien y se trasladó de nuevo a San José del Guaviare para, desde un avión Fokker de la Fuerza Aérea Colombiana, coordinar la acción más audaz que jamás había realizado el Ejército: la operación Jaque, que a través del engaño y la suplantación le daría la libertad a un grupo de 15 secuestrados. Eso, si es que todo salía bien, porque la menor falla, el mínimo error podía desencadenar el peor desastre humanitario y político. Era una apuesta de todo o nada.

Al medio día el helicóptero emprendió el vuelo con las coordenadas que le permitirían aterrizar en la selva, en un claro sembrado de coca. A bordo, nueve miembros de la inteligencia militar y dos pilotos controlaban sus nervios con ejercicios de respiración. Habían visto decenas de veces los videos que hizo Telesur de la liberación de Clara Rojas y Consuelo González, en febrero, y de otros cuatro políticos, a instancias del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, y la senadora Piedad Córdoba. En las grabaciones aparecían varios personajes y toda una puesta en escena que los militares imitaron fielmente.

Los ocho hombres y una mujer de inteligencia militar que viajaban en el helicóptero tenían que asumir roles muy parecidos a los que se vieron en esos videos. Tenían que persuadir a los guerrilleros de que se trataba, en realidad, de una operación humanitaria ordenada por Alfonso Cano, tal como se lo habían hecho creer a los 60 combatientes de las Farc que custodiaban a los rehenes.

El jefe de la operación era un oficial rubio, alto, con apariencia de intelectual, de hablar pausado y refinado. Había otro también rubio, que hablaba en inglés y que se hacía pasar por australiano, uno más con rasgos árabes, y otro con acento caribeño que cualquiera podía confundir con un cubano. Un médico y una enfermera jugaron sus propios roles, así como un supuesto guerrillero que llevaba una camiseta con la imagen del Che Guevara. Completaban el tinglado dos que se hacían pasar por periodista y camarógrafo. En la cabina, el piloto y el copiloto tenían la difícil misión de mantener informados a los altos mandos militares sobre el curso de la operación, con un lenguaje cifrado que permitiría que tanto en San José del Guaviare como en Bogotá la siguieran paso a paso.

Después de unos 17 tensos minutos de vuelo, el helicóptero encontró el claro donde debía aterrizar y, una vez divisados los guerrilleros, descendió. Fue entonces cuando comenzó la acción.

Lo que ocurrió en los siguientes 22 minutos, mientras el helicóptero estuvo en tierra, siempre con los rotores en marcha, fue la escenificación perfecta de un guión escrito con exactitud y mil veces ensayado. Mientras el hombre con cara de árabe parecía deslumbrado por la belleza de la selva, el que hacía de guerrillero permanecía mudo a un lado. El supuesto jefe de la misión humanitaria buscaba a César, comandante del frente primero de las Farc y hombre de confianza del Mono Jojoy, para decirle que los 15 secuestrados, Gafas y él debían subir pronto al helicóptero, mientras el cabecilla era a su vez abordado por el supuesto periodista y su camarógrafo para que diera declaraciones sobre el intercambio humanitario. El jefe de la misión acosaba para que todo se hiciera rápido, sin que faltaran los respectivos "camarada" y las referencias convincentes a la revolución.

La operación debía durar siete minutos, pero se alargó porque los secuestrados se negaron durante un buen rato a ser esposados. Pero uno de los norteamericanos accedió a que le pusieran las esposas y finalmente todos siguieron. Íngrid fue la última y se resistió hasta el final.

Una vez en el helicóptero, el supuesto australiano -tal como se había planeado-señaló horrorizado a César y dijo en inglés "¡He has a weapon! ¡He has a weapon!" ("¡Él tiene un arma!"). Entonces el supuesto jefe de la misión humanitaria le explicó al guerrillero que los delegados internacionales no aceptaban que estuviera armado. César, sin mucha gana, entregó su pistola 9 milímetros al hombre, quien de inmediato sacó un mapa y empezó a explicarle cómo sería la ruta que los llevaría hasta Pradera y Florida, donde, según la estratagema que se había montado, lo esperaba el nuevo máximo comandante de las Farc, Alfonso Cano.

Habían pasado apenas tres minutos desde cuando alzaron vuelo, cuando el aparente cubano, que es militar y boxeador en la vida real, le dio a César un puñetazo que lo derribó. En cuestión de segundos tanto él como Gafas estaban inmovilizados, gracias a técnicas de artes marciales. Entonces el jefe de la operación exclamó: "Somos el Ejército Nacional de Colombia y ustedes están libres". Mientras en el helicóptero los secuestrados lloraban y gritaban en medio de la incredulidad y la alegría, el piloto decía en la cabina las palabras más esperadas por la cúpula militar: "Sistema anti-ice ok". Es decir: "Los tenemos y todo salió bien". El general Mario Montoya, comandante del Ejército, estalló en abrazos y gritos de alegría en San José del Guaviare, mientras el general Freddy Padilla de León, comandante de las fuerzas militares, hacía lo propio en Bogotá.

La estratagema

Todo había comenzado un año atrás, cuando las Fuerzas Militares, gracias a la fuga del subintendente John Frank Pinchao, tuvieron noticias sobre la ubicación de varios grupos de secuestrados entre el río Apaporis y el Inírida, en los departamentos de Guaviare y Vaupés.

Una segunda pista fueron las pruebas de supervivencia que el Ejército interceptó en diciembre. Se sabía que la estafeta capturada había salido de Tomachipán, un remoto lugar del Guaviare. En las imágenes además aparecían justamente los 15 secuestrados que la semana pasada recobraron la libertad, aunque por el fondo de las imágenes se notaba que no estaban juntos.

Luego vinieron las liberaciones unilaterales que hicieron las Farc en enero y febrero, que dieron nuevos indicios geográficos. Con estos datos un grupo de fuerzas especiales penetró en la zona y pudo avistar a los tres norteamericanos secuestrados. Pero se dieron cuenta de que los rehenes estaban dispersos en tres grupos: uno de seis, otro de cinco y otro de cuatro personas. Así no valía la pena intentar un rescate a la fuerza que pusiera en peligro sus vidas. Fue entonces cuando el Ejército empezó a tender un cerco sobre este grupo de secuestrados y sus carceleros, con la idea de que una vez lo cerraran, los obligarían a negociar. Estaban dispuestos a respetarles la vida a cambio de la entrega de los secuestrados, y además a ofrecerles dinero y una nueva vida en el exterior. Así lo anunció en ese momento el Presidente de la República en varias alocuciones.

Para entonces, Inteligencia militar tenía un estudio profundo sobre César, Gafas y los demás guerrilleros que estaban con los cautivos. Sabían, por ejemplo, que el primero había reemplazado al Negro Acacio en muchas de las labores de narcotráfico, que tenía muchas dificultades logísticas y que se comunicaba con el Mono Jojoy preferiblemente mediante estafetas y por radio, nunca por teléfono satelital. César había cometido el error de perder al niño Emmanuel, y también sufrió en enero el golpe de la captura de su compañera, Doris Adriana. Todo esto demostraba que su comunicación con el secretariado no era tan fluida, y que él mismo no era tan disciplinado ni cuidadoso. Por eso a través de un trabajo de inteligencia intentaron llegarle con una propuesta de desmovilización. Incluso el Ministerio de Defensa desde hace tres meses indagaba con la Fiscalía qué tratamiento jurídico podía recibir este hombre en caso de que decidiera negociar directamente con los militares que lo tenían cercado.

Pero nada de eso fue posible porque los guerrilleros rompieron el cerco sin que los militares se dieran cuenta. Por varias semanas, las Fuerzas Armadas no supieron dónde estaban ni qué había pasado. Pero las ofertas del gobierno si bien no habían calado en César, sí lo habían hecho en otros miembros de la guerrilla.

Entre abril y mayo un informante tomó contacto con el Ejército y le dio lo que se convertiría en la llave maestra para la Operación Jaque, pues entregó datos sobre lugares, fechas, personas, códigos y claves, y contó en detalle cómo funcionaban los correos humanos entre el Mono Jojoy y César. Entonces la inteligencia militar logró meterse en el medio de estos correos al suplantar a unos y otros, hasta que controló completamente la comunicación. Es decir, si César le enviaba un mensaje a Jojoy, el estafeta estaba convencido de que se lo había entregado a la gente de éste, cuando en realidad lo había recibido un infiltrado de inteligencia militar. Lo mismo ocurría con los mensajes que el último le enviaba a César .

Los militares se tomaron varias semanas comprobando si César había mordido el anzuelo. Primero le pidieron, como si fueran Jojoy, que reportara el estado de salud de los secuestrados en su poder. Así lo hizo. En un segundo mensaje le pidieron que juntara los tres grupos de rehenes. También obedeció sin sospechar. Luego le pidieron que los moviera. Cuando cumplió esta orden, los militares entendieron que tenían a César en sus manos. Para evitar que por otras vías descubriera la triquiñuela, los militares, con tecnología muy sofisticada, también interceptaron los correos electrónicos y las comunicaciones radiales.

En ese momento, ya a finales de mayo, los hombres de inteligencia militar empezaron a planear tres escenarios posibles, teniendo en cuenta que podían conseguir que César trasladara a los secuestrados a donde ellos quisieran. El primero era un asalto a sangre y fuego, que fue descartado por el alto riesgo que implicaba para las vidas de los secuestrados. El segundo era hacer un cerco humanitario más estrecho y fuerte que el que había fracasado meses atrás. Pero, en medio del análisis, un mayor del Ejército sugirió algo que al principio a todos les pareció una locura y que luego se fue haciendo viable. Se trataba de una operación de engaño que daría mayor seguridad para los secuestrados. Ya estaba probado, en Urrao y en el Valle del Cauca, que los guerrilleros asesinarían a los rehenes al menor indicio de ataque. La operación sería como la hecha en 1976 en Entebbe, Uganda, cuando los israelíes usaron unos aviones de carga como caballos de troya para liberar un grupo de personas secuestradas por terroristas en el aeropuerto. No en vano un grupo de ex militares de Israel está asesorando en inteligencia y operaciones a las Fuerzas Armadas de Colombia desde hace un año.

En pocas semanas estudiaron en detalle esta experiencia. Y luego, en cuestión de días, diseñaron la que pasará a la historia como Operación Jaque. Tenían que convencer a César de que los rehenes iban a ser reubicados por orden de Alfonso Cano, y crear la expectativa de que algo se estaba moviendo para el intercambio humanitario en Florida y Pradera. Entonces surgió la idea de imitar el procedimiento de las liberaciones de los secuestrados a principios de este año.

Las correos con César siguieron. Esta vez le pidieron, nuevamente a nombre del Mono Jojoy, que buscara un lugar donde pudiera aterrizar un helicóptero de una misión humanitaria. Los militares sabían que César es arrogante y vanidoso, y por eso apuntaron a su talón de Aquiles. Le dijeron que Alfonso Cano quería que él en persona estuviera en el traslado de los secuestrados y que llevara a un hombre de su confianza. César preguntó si podía llevar las armas, y le respondieron que sólo una corta por cada uno.

Mientras tanto, la cúpula militar hacía un estudio detallado de todos sus agentes de inteligencia, en busca de los perfiles que se ajustaran a los roles que debían cumplir. Trajeron efectivos de todo el país y los concentraron durante 10 días en la base de Tolemaida, donde los entrenaron al mejor estilo de la película Misión Imposible. Los dos helicópteros rusos que participarían en la operación habían sido pintados a imagen y semejanza de los que había enviado el presidente Hugo Chávez cuando facilitó las liberaciones unilaterales.

La víspera de la operación, cuando ya todo parecía en orden, surgió un problema, pues César pidió llevar con él a cuatro guerrilleros más. Como eso cambiaba completamente la correlación de fuerzas, le dijeron que no con el único argumento creíble: no había espacio en la aeronave. Por eso, a última hora no viajó sino un helicóptero, pues si lo hubieran hecho los dos, corrían el riesgo de que César insistiera en ampliar su grupo de protección.

Para que el cabecilla se convenciera aún más de que efectivamente Alfonso Cano estaba moviendo algo para el intercambio humanitario, la oficina de prensa de la Casa de Nariño filtró una noticia sobre una supuesta reunión de emisarios europeos con las Farc. De inmediato algunos medios dijeron que Cano se había reunido con delegados de Francia y Suiza. Esto era falso, pero logró persuadir a César de que algo grande estaba en camino y de que él sería uno de los protagonistas.

El riesgo de la operación era muy alto y aunque todos esperaban que el engaño funcionara, también estaban preparados para cualquier eventualidad. Los militares sabían que si eran descubiertos, todos sus hombres morirían en el terreno y que sería una debacle humana y política. Pero por si ello ocurría, tenían preparada una segunda fase, esta sí por las armas. Para ello, en toda la operación un avión espía de Estados Unidos sobrevolaba el área para reaccionar en caso de ser necesario. En el helicóptero los gringos también habían instalado una alarma que, de ser necesario, sería activada por el piloto, quien nunca se movió de su puesto, y para poner en acción los refuerzos. En San José del Guaviare 30 aeronaves, entre helicópteros y aviones, estaban listas a despegar con cerca de 300 hombres que desembarcarían y harían realidad un cerco que conduciría a César, según los cálculos de los estrategas militares, a negociar. Pero este plan B no fue necesario. Porque los planes se cumplieron con una exactitud que aún hoy tiene sorprendido al mundo entero.

Desenlace feliz

El general Montoya, junto a tres médicos colombianos y tres norteamericanos, esperó el helicóptero y de inmediato trasladó los secuestrados al avión Fokker que en cuestión de segundos despegó rumbo a Tolemaida. Los oficiales de inteligencia, que para ese momento ya eran considerados los nuevos héroes de guerra, se quedaron a cargo de los dos prisioneros.

El viaje hasta Tolemaida duró más de lo esperado. Durante casi tres horas el avión dio vueltas en el aire a la espera de que aterrizara un avión de la Fuerza Aérea de Estados Unidos que se llevaría de inmediato a los tres norteamericanos. La alegría que se respiraba en el avión, a pesar del retraso, era enorme. Liberados y militares rezaron juntos un rato, y cantaron varias veces el himno nacional.

Cuando al fin tocaron tierra, el ministro de Defensa, Juan Manuel Santos; el general Freddy Padilla de León, y el embajador de Estados Unidos, William Brownfield, subieron al Fokker a saludar a los recién liberados. Poco después, los tres norteamericanos salieron rumbo a su país, y los colombianos hacia Bogotá. Para ese momento ya Íngrid Betancourt no paraba de recibir llamadas, incluidas la del presidente Álvaro Uribe y la de su mamá, Yolanda Pulecio.

Esa tarde, cuando el mundo entero vio por televisión la llegada de Íngrid y de los 11 militares, ya libres, el presidente de Bolivia, Evo Morales, le dijo a la prensa algo que muchos consideraron absurdo: que esta liberación había sido posible gracias al presidente de Venezuela, Hugo Chávez. Paradójicamente, tenía razón. Gracias a las liberaciones que propició Chávez y que él mismo mandó filmar para mostrar al mundo su hazaña, el engaño fue perfecto.



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