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“Gracias Colombia, ¡bienvenido a la libertad!”
“Debo agradecerle a mi Ejército de Colombia por nuestra liberación. Quiero enviarles un millón de saludos a los doscientos mil y más soldados que se encuentran en las montañas de nuestro país defendiendo nuestra democracia. Gracias mi Ejército. ¡Bienvenido a la libertad!”.
Estas fueron las primeras palabras que pronunció el sargento primero José Ricardo Marulanda cuando empezaba a disfrutar las mieles de la libertad, luego de la exitosa operación ‘Jaque’, desarrollada el 2 de julio del 2008.

Atrás quedaron diez años y tres meses de estar esperando la muerte bajo tratos denigrantes, vejámenes y humillaciones, pero ni siquiera este tipo crueldad que ejerció la organización narcoterrorista de las Farc logró quitarle su humanidad, su dignidad de héroe de la patria.

Ahora, él está tratando de recuperar el tiempo perdido, apartando de su mente aquellos instantes de angustia y dolor. Confiesa que a veces sus recuerdos lo devuelven al 2 de marzo de 1998, cuando el enfrentamiento dejó sesenta y dos soldados muertos.

Él se encontraba en el municipio de El Billar, departamento del Caquetá. Allí sostuvo un enfrentamiento con aproximadamente mil ochocientos hombres de los Frentes Trece, Catorce, Quince y Diecisiete y las Columnas del Bloque Oriental y Bloque Sur de las Farc al mando de alias el ‘Mono Jojoy’.

“Fuimos atacados desde la parte alta, con morteros de 120 mm, granadas de fusil, cilindros explosivos y granadas de mano”, revela el sargento Marulanda.

Momentos previos al secuestro

Por su mente nunca pasó la idea de que aquella pesadilla iba a durar tanto tiempo. El 3 de marzo, para evitar una emboscada guerrillera, el sargento Marulanda llegó en compañía de veinticinco soldados y el Cabo Primero Luis Alfonso Beltrán a una quebrada conocida como `Las Ánimas`, pero las cosas no estaban fáciles. Ya las Farc los tenían rodeados. “Estaban por todas partes. Sabía que nos iban a atacar.”, dice el sargento.

Marulanda, sólo con algunos soldados y con la poca munición que les quedaba, resistió un nuevo hostigamiento, pero ya la suerte estaba echada, y los guerrilleros tenían planeado llevárselos a todos. “Allí llegaron varios bandidos. Comenzaron a evacuar a la población civil, con el fin de atacarnos nuevamente. Ya había mucha guerrilla y nosotros no teníamos con qué combatir”, dice el sargento.

En ese momento ocurrió algo inesperado, un soldado intentó suicidarse, argumentando que prefería morir a entregarse a la guerrilla. El sargento Marulanda, para evitar que cometiera ese erro, se abalanzó contra el soldado. Ese instante lo aprovecharon los guerrilleros para tomarlo por la fuerza y reducirlo. A pesar de ello, el sargento Marulanda alcanzó a tirar su fusil al río Caguán. Un fusil menos para atacar a los soldados de la patria.

Las penurias del cautiverio

A partir de ese momento, comenzaron las intensas caminatas y recorridos en canoas, que los adentraban cada vez más en la espesa selva.

Con cadenas en los pies y en el cuello tuvieron que cruzar la maraña que teje incesante una naturaleza engañosa, que no deja distinguir el día de la noche, y ya en esa espesura, los guerrilleros se hacían amables sus espacios, construyendo cambuches, pero para los secuestrados sólo una fría y hostil jaula de alambre de púas.

El sargento Marulanda también recuerda hechos que buscaban minar su dignidad y la de sus compañeros de cautiverio: “Fui sometido a estar varios días en un sitio haciendo mis necesidades a un lado o en bolsas, o en unos huecos que ellos llaman ‘chontos’. Estaban humillándonos, maltratándonos y torturándonos constantemente”.

En esa prisión sin causa, sufrió lesiones por los constantes combates que tenían los terroristas con el Ejército, que no dejaba de presionarlos. Tuvo leishmaniasis, infecciones gastrointestinales, diez veces sufrió de paludismo y le dolían las piernas habitualmente por la desnutrición y descalcificación en que se encontraba.

A pesar de su tragedia, nunca perdió la esperanza de volver a ver a su familia: “La fe en Dios, Nuestro Señor, fue la herramienta primordial para combatir ese calvario. Mi Ejército me mantenía de pie, esperando que mis superiores en algún momento actuaran para recuperar mi libertad. Nunca descarté un rescate por parte del Ejército, mantuve vivas mis esperanzas de recuperar la libertad”.

De regreso a la libertad

“Me imaginaba un rescate a sangre y fuego, mediante operaciones de maniobras de nuestro Ejército, pero en esas condiciones y excelencia nunca me lo imaginé. El trabajo de la Inteligencia Militar es algo que jamás se ha visto, sin heridos y gente llena de alegría”, cuenta emocionado al relatar la inexplicable emoción que sintió cuando escuchó las palabras que por diez años había anhelado: “Somos el Ejército Nacional, ¡están libres!”.

No ha sido fácil para Marulanda reponerse de las heridas que le dejó el secuestro, ni superar la muerte de su padre y dos hermanos, que fallecieron durante su cautiverio. Tampoco ver el tamaño de su hijo, al que no vio crecer y que dejó cuando apenas era un bebé. Sin embargo, sigue creyendo en Dios y sigue firme en sus convicciones.

“Dios me ha dado las fuerzas necesarias para fortalecerme y salir adelante, aún después de haber vivido este secuestro. Nunca desistiré de seguir siendo soldado de la patria, porque lo llevo en la sangre y me siento muy orgulloso de ser un militar del Ejército Nacional de Colombia”, afirma el sargento Marulanda, que no deja de asombrarse viendo los cambio del país, de la tecnología y, sobre todo, de la hiperactividad que según él tienen los niños de esta generación.

Tiene claro que seguirá siendo militar. Quiere hacer parte nuevamente del grupo de los soldados de la patria que han demostrado que los héroes en Colombia sí existen, y el amor que tienen los niños y, en general, todas las personas, es representado dignamente por todos ellos, que a diario exponen sus vidas por mantener un país libre de violencia.



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