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La libertad nos cayó encima como un rayo, recuerda Ingrid Betancourt un año después de Jaque

30 de junio de 2009

El 2 de julio de 2008, en la operación más exitosa que ha hecho el Ejército colombiano, 15 secuestrados volvieron a la libertad. La ex candidata presidencial relata lo que vio y sintió ese día.

Además de la ex candidata presidencial, un general que participó en la operación cuenta la tensión de los 22 minutos que estuvo el heilcóptero en tierra, el sometimiento de los commandantes guerrilleros el vuelo con los prisioneros ya libres.

Estos relatos están contenidos en una edición especial de la Revista del Ejército, que comenzará a circular este martes, para recordar el operativo.
Todavía me cuesta trabajo creerme a mi misma que estoy libre: Ingrid Betancourt

Cuando se cumple un año del extraordinario operativo militar que nos devolvió la libertad, no puedo dejar de pensar, con un inmenso respeto y una infinita gratitud, en todos aquellos hombres y mujeres que se jugaron la vida por traernos de nuevo a casa.

Solo le pido a Dios que nuestra felicidad sea completa y que presenciemos pronto el regreso de los que aún quedan en cautiverio, nuestros soldados y policías que están esperando su turno para la libertad: Pablo Emilio, Libio José, Luis Alfonso, José Libardo, Robinson, William, Elkin, Luis Arturo, Luis Alfredo, Arbey, Luis Herlindo, Enrique, César Augusto, Jorge Humberto, Carlos José, Wilson, Jorge, Álvaro, Edgar Yesid, Guillermo, Luis Alberto y Salín Antonio.

Hace un año estábamos todos compartiendo la misma suerte. Me había levantado esa mañana del 2 de Julio, con una gruesa cadena al cuello que me impedía moverme sin lastimarme el cuerpo sobre lo que me servía de cama.

El mundo exterior no existía para mí, sino como una ilusión, algo lejano e inaccesible, tan distante que poco me interesaba lo que allí podía suceder, salvo por las noticias que de vez en cuando me llegaban sobre mi familia. Estaba convencida que habíamos muerto para el mundo y que nadie se interesaba por nuestra suerte.

Abrí los ojos muy temprano para oír, por la "Carrilera de las 5", los mensajes radiales de los familiares de los secuestrados, con la esperanza de captar la voz de mi madre y saber de mis hijos. Como todas las mañanas, mientras oía su voz haciéndome un recuento de lo que sería su jornada, yo le contestaba a ella en el silencio de mi corazón, pidiéndole que hiciera su vida tranquila, que se liberara de mi fantasma, viviendo esa terrible contradicción de todo secuestrado de no saber que es peor, si el olvido del mundo o el recuerdo alienante y doloroso que nuestra ausencia le causa a los que amamos.

Eran las 5 de la mañana de uno de los miles de días de un cautiverio sin fin. Una mañana igual a la de todos esos amaneceres sin futuro que vivimos día tras día, porque al frente nuestro solo veíamos la eternidad de nuestra condena.

Nadie puede entender, si no lo ha vivido. ¡Cuantas angustias puede sufrir una persona con la simple expectativa de que algo que teme -la muerte de un ser amado, la pérdida de un trabajo, la terminación de una relación- pueda sucederle! Pero cuanto mayor es el sufrimiento si aquello que más tememos, no solo ocurre, sino que además se prolonga en el tiempo indefinidamente, sin saber si algún día acabe. Nos habíamos vuelto solitarios, silenciosos, temerosos y desconfiados.

La felicidad no era para nosotros. Nos llevaron al sitio del embarque como al matadero. Cada uno de los prisioneros caminábamos escoltados entre dos guerrilleros con los fusiles apuntándonos al corazón.

Cuando el helicóptero aterrizó, vimos salir unos personajes extraños, en gran complicidad con los comandantes guerrilleros, vestidos como enfermeros los unos, como camarógrafos los otros, y con camisetas del Che Guevara para mayor confusión.

Todo podíamos suponer menos que estuviéramos a pocos minutos del mayor acontecimiento de nuestras vidas. La libertad nos cayó encima como un rayo. Así como nos tragó el hueco negro del destino muchos años antes, así también fuimos devueltos a la luz en un segundo. Hoy todavía me cuesta trabajo creerme a mi misma que estoy libre.

Me sucede sobre todo por las mañanas, cuando salgo de las pesadillas del cautiverio, humillación y muerte que ya solo existen en las oscuridades de mi inconsciente, y abro los ojos para volverle a dar gracias a Dios por el milagro de estar en mi propia cama. Entonces, invariablemente, vuelvo a ver los rostros de esos hombres y esa pequeña mujer que nos sacaron de allí, esa mañana de un día dolorosamente soleado, donde solo esperábamos lo peor.

Pienso muchas veces que Dios hace bien las cosas. Fue un privilegio para mí ser liberada por los soldados de mi Patria. Intente varias veces fugarme. Nadie sabe cuánto me alegro hoy haber fallado.

Porque hay en el desenlace de esta historia, una belleza y una grandeza que no deja de conmoverme y que me ha marcado para siempre. Haber vivido lo que vivimos, haber visto lo que vimos, solo puede ser una bendición del cielo. Cuando nos secuestraron, el mundo se cerró para nosotros. Fuimos tragados por un hueco negro sin salida. Y caímos a un espacio dominado por el mal, donde hombres sin testigos y sin ley, hicieron con nosotros lo que quisieron.

Esa mañana nos anunciaron que vendrían unos helicópteros
a trasladarnos de campamento. Nosotros éramos seres humanos con demasiadas ilusiones perdidas, entrenados a sufrir durante más de un lustro en silencio, a esperar lo peor.

El destino se había ensañado violentamente contra nuestras esperanzas una y mil veces, deformando nuestra percepción del mundo. Estábamos todos sentados en fila al interior del helicóptero, las manos atadas, cabizbajos y resignados. Los comandantes guerrilleros se habían subido como dueños y se congratulaban abrazándose con los miembros del operativo.

De pronto hubo un movimiento de cuerpos, empujones, golpes, zancadillas, y vimos a los comandantes neutralizados en el suelo. Entonces, el jefe del operativo se quito la gorra y gritó alzando los brazos al cielo: " ¡¡¡Somos el Ejército de Colombia, Están libres!!!".

Después de un año entero de libertad, lloro de nuevo de emoción cuando recuerdo este instante. Quiero que así sea por el resto de mi vida. Para no olvidar nunca que Dios está presente y hace milagros. Para no olvidar a mis hermanos que siguen allá. Para que no permitamos que vuelva a suceder. Y para recordar también que la vida vale la pena vivirla para dar testimonio de la grandeza de los demás.

El Mayor que comandaba el operativo me abrazo durante un tiempo infinito, nuestras lágrimas se mezclaban así como nuestras risas, y nos mirábamos como si no pudiéramos creer que estuviéramos juntos. Cuando nos calmamos un poco, me dijo: Salía para la misión, hace más de un mes, dejando a mi esposa sin poderle decir nada. Ella me cogió las manos y me miró a los ojos: " Vas por Ingrid y por los muchachos, no es así? ... Quiero que los traigas...Pero si no vuelves, si mueres, quiero que sepas que mueres grande... Habrá valido la pena vivir cada segundo a tu lado. Mis rezos te acompañan. " Se necesita mucho amor para dar la vida por los demás. Se necesita mucha templanza para dejar ir a los que uno ama en busca de la justicia. Solo los héroes tienen las calidades del corazón y el hígado para hacerlo.

Cada 2 de Julio hasta que me muera estaré haciéndole un homenaje en la intimidad de mi espíritu, a estos hombres y esta mujer que tuvieron la audacia y el valor de irnos a sacar de la boca del monstruo, a sus jefes y a sus familias que los bendijeron.

Esta es una epopeya que nos enriquece a todos como nación y que será contada de generación en generación por siempre en nuestra tierra. A estos hombres, a esta mujer, todos jóvenes y llenos de coraje, movidos por los valores más altos de nuestro pueblo y las intenciones más puras del alma humana, cuya belleza moral nos tiene que dar confianza en las calidades de nuestra raza y esperanza en el futuro de nuestra nación, quiero expresarles los más altos sentimientos de mi admiración y respeto. Por razones de seguridad no me es posible nombrarlos, pero cada uno de ellos sabe que les escribo hoy como quisiera abrazarlos siempre.

"Se superó el mito del Caballo de Troya", general Javier Rey

"No había otra forma de cumplir cabalmente el engaño. Se necesitaba para este y para la estrategia planeada, el empleo de no solo uno, sino de dos helicópteros MI (...) Solo uno aterrizó, el Libertad I, mientras que el Libertad II cumplía con su misión de garantizar el engaño y las comunicaciones (...) El tiempo en la acción sobre el objetivo era crucial.

Solo estuvo 22 minutos el helicóptero Libertad I en tierra (de 12 minutos que era lo planeado), con los motores encendidos y con potencia en el rotor principal para que el aire y el flujo del aire que se produce obligara al que se acercara a bajar la cabeza y no entrar en detalles con la tripulación o con la configuración de la aeronave.

Nada se había dejado al azar, en segundos el helicóptero Libertad I alzó vuelo y el Libertad II retransmitió: "generadores Ok", que significaba "despegando al punto de la carga". (...) Cuando los dos carceleros fueron dominados en el interior del Libertad I, nuevamente el Libertad II retransmitió: "pendiente la final en el punto", que traducía "misión exitosa".

Fue una batalla real, donde el valor y el ingenio del soldado colombiano y la tecnología puesta en sus manos lograron superar el mito del caballo de Troya".
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